miércoles, 19 de marzo de 2008

Tecnologías del teatro: Robert Lepage


Como cada año, la proximidad del Día Mundial de Teatro es anunciada por la aparición de los mensajes Internacional y nacionales, instaurados por el Instituto Internacional del Teatro desde 1962.
Siempre me he preguntado, con honesta ingenuidad, si esos mensajes tienen alguna repercusión, y si al menos son productivos en algún sentido. De hecho son leídos en público, en reuniones donde los actores del mundo (dicen) sienten que pertenecen a una herencia común que vincula la inimaginable experiencia que practicaban (dicen, otra vez) los griegos con las innovaciones más recientes del llamado "arte escénico". Pero al margen de las utopías, he de confesar, al menos los últimos años, mi decepción frente a la baja calidad literaria de los mensajes, y las ideas manidas sobre la "misión" que el teatro tiene, su campo de acción (salvación) en un mundo que, parafraseando a Adorno, ya no puede pensar en arte después de Auschwitz.
El Mensaje de este año, no fue la excepción: refiriéndose a los orígenes fabulescos del arte que nos agrupa, el famoso director quebequés Robert Lepage plantea la vigencia del teatro, y su capacidad de renovación. El director intenta hacer una genealogía ficticia (como toda forma de historiografía) que conecte el pasado cavernario con, digamos, algunas de sus experiencias al frente de grupos visuales con tecnología de punta que le han granjeado enorme reputación mundial.
Pero quiero traer a colación un párrafo breve y sustancial del mensaje (que ya de por sí fue breve a rabiar), y es éste:

"Hoy en día, la luz de los proyectores ha reemplazado al fuego original, y la maquinaria escénica, al muro de la cantera. Y por mal que les pese a algunos puristas, esta fábula nos recuerda que la tecnología está en el origen mismo del teatro y que no debiera ser percibida como una amenaza sino como un elemento aglutinador. La supervivencia del teatro depende de su capacidad para reinventarse integrando la nuevas herramientas y los nuevos lenguajes".

Para Lepage, entonces, el teatro es básicamente solo el que se hace en escenarios, el teatro solo puede sobrevivir si asume su deuda con las innovaciones tecnológicas. Pero siento que la defensa de la apertura tecnológica de Lepage está planteada como una falacia: porque si la tecnología es elemento que aglutina, entonces sí que es una amenaza, una amenaza para una forma de creación sensible como el teatro cuyo único elemento diferenciador es la presencia humana real. Es esa presencia humana el elemento aglutinador, y es en función a ella que la tecnología puede tener un lugar en el espacio teatral. Sospecho que la perspectiva de muchos directores como Lepage, Lemieux, Castelluci -o sea, el mainstream directorial del teatro actual- subrepticiamente está empezando a tolerar la idea de subordinar la presencia central del cuerpo humano, de la más pura animalidad en escena, para convertirla solo en un objeto más del decorado, como una caja mágica en que el director reina (eso cree) sin desafíos. Y así la tecnología se convierte en escena en el correlato perfecto de lo que es en la sociedad moderna occidental: un privilegio, una herramienta que permite dominar, en breve, un arma de guerra.
Que la tecnología esté en el origen del arte de la representación no quiere decir que ella sea el centro, o que lo haya sido. Esa centralidad, al menos, parece ser más un invento de este tiempo, avasallado por una convicción bastante estúpida de que todo lo nuevo es de por sí mejor, y que un gran presupuesto y computadoras sacarán de su atraso al arte teatral. No hay tal avance, no hay tales conquistas: cada día, en cada nuevo hueco del mundo, alguien inventa el teatro, lo crea de la nada con su cuerpo y su memoria, lo hace cuando encuentra a alguien más para acompañarse. Y allí también se acaba.
Hay detrás de aquellos ansiosos relatos de linealidad como el de Lepage, de aquellas genealogías que legitiman lenguajes teatrales buscando su pasado remoto, aquel vacío del que hablaba Benjamin.
Son como densas humaredas hechas con máquina para ocultar que allá, en el fondo mismo del escenario, probablemente habita nadie.

1 comentario:

Gabriel dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con tu comentario sobre Lepage, su teatro me parce vacio y banal. El hombre en escena es la esencia, lo demás son cantos de sirena.